Los baños de Káiser. La llegada en tren es algo decepcionante. El barrio de la estación se parece a muchos otros lugares de la Europa profunda del este: casas grises y fachadas sin pintar, nadie por la calle, ni un triste bar donde calentarse el gaznate con un vodka.

Pero tras este paisaje algo desolado, esta ciudad del noroeste de Chequia, se nos descubre como una maravilla neoclásica y modernista. Todo el centro está literalmente repleto de palacios, grandes edificios decimonónicos, hoteles de gran solera y balnearios dignos de la nobleza. No en vano, el mismísimo emperador alemán tomaba las aguas en este lugar.
Otro de los visitantes del balneario fue Franz Kafka, su enfermedad le obligaba a periodos de reposo que pasaba en Marienbad. Allí vivio parte de su tortuosa relación con Felice. Por no decir nada de Wagner, Goethe, Chopin, Edison, que forman parte del largo etcétera de visitantes ilustres de Marianske Lazne.
Esta joya arquitectónica de grandes parques y cuidados jardines se asienta en un valle rodeado por colinas cubiertas de frondosos bosques; no está exenta de cierto aire decadente, pero es ahí donde encontramos su mayor encanto.

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