Ganas de vivir
Al llegar a Sarajevo desde Montenegro y apearse del autobús a uno le invade una sensación extraña, no muy agradable. La parada se encuentra en la parte de la ciudad perteneciente a la llamada REPUBLIKA SREBSKA, la “entidad” serbia de Bosnia, una de las tres en la que se divide el país tras los acuerdos de de Dayton que pusieron fin a un conflicto cerrado en falso.
Al tomar el trolebús que le lleva al centro de la ciudad, se percibe que las heridas de la sangrienta guerra siguen muy visibles. Grandes agujeros de obuses todavía llenan muchas de las fachadas de los bloques de corte soviético de los barrios del este. El panorama no puede parecer más desolador hasta que uno se empieza a dar cuenta poco a poco, como debe ser, de que acaba de llegar a uno de los lugares más especiales de Europa; uno de esos lugares que tienen algo más que belleza, que tienen algo más que lo inmediato, y de los que el viajero que busca ir algo más allá que el simple turista se acaba enamorando sin remedio.
No obstante la ciudad es bastante seductora y entra bien por los sentidos. Su barrio otomano es una verdadera joya, lleno de cafés donde se fuman pipas de agua y se juega al ajedrez y al backgammon y pequeñas tiendas que recuerdan a los bazares de Estambul. Por otro lado el señorío de su ensanche austro-hungaro es comparable al de las ciudades centroeuropeas.
Pero lo mejor de Sarajevo es el ambiente, la gente que a pesar de tener una guerra infame a poco más de una década de distancia muestra una alegría y unas ganas de vivir la vida que rozan la desfachatez. En pocas ciudades musulmanas del mundo se ve tal cantidad de bares de copas, de cafés, de terrazas, de gente trasnochando, de gente llenando las plazas. Cuando se miran las verdes y altas lomas que rodean la ciudad, resulta difícil imaginar que apenas quince años antes, desde ellas los francotiradores masacraran a diario a la población civil durante los cuatro largos años que duró el asedio de Sarajevo.




